tormenta

Le (me) reconozco en el gesto, en el correteo y en la caza.

Aunque no en las escasísimas pausas. Él nunca es capaz de parar de hacer. Quizá eso es algo de lo poco que nos diferencia, yo adoro los silencios.

Observo maravillada cómo se agacha, gira, salta, acoge, presiona y se impulsa. Cómo busca, acaricia o huye. Cómo seduce y se muestra.

Me (le) reconozco salvajemente en la intensidad de su fuego efímero, en la seducción mecánica… neurótica y envolvente.

Diría que el de espejo es un oficio de riesgo y poco agradecido. Pero en fín qué quieres que te diga, a cada uno nos toca lo que os toca. El uno frente al otro, ante las luces y  las sombras que nos asemejan. Y cómo cuesta, pero gracias.

Conseguí mirarle(me) con la luz del corazón. Por lo menos la mayor parte del tiempo.

En el bolsillo llevaba la ayuda de los miles de mundos visibles, invisibles, vividos e inventados. Invoqué la ayuda y funcionó. Nos protegieron el montón de buenas almas que nos quieren y acompañan en estos devenires de la vida humana.

Y ahora ya en casa, sola, tranquila, escribiendo… me doy cuenta de algunas cosas.

Que no lo llamó la zamba
porque la escucho sin desgarro

que el brillo de los malabarismos
ya no me nubla la vista

que demasiado aire
no ventila
sinó que dispersa

que los fuegos efímeros
no pueden darme el calor
que ahora anhelo

y que por supuesto merece un mejor nombre.

Y es que un día le desbauticé, porque llamarle hombre piel me dolía en la piel. Así que empecé a llamarle jipideloscojones. Muy mal.

Pero hoy me reitero en mi promesa: voy a encontrar un nuevo nombre para él. Algo que habite mi recuerdo de un modo más amable, tal y como se merece.

A todo esto… la casa está abierta de par en par. Agua, viento y truenos inundando el pequeño nido que me acoge. Esto sí es amor.

Y que llore el cielo que yo no quiero!

setembre 12, 2010
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